En la emblemática Plaza de la Señoría la viajera contempla el aire de fortaleza del Palacio Vecchio construido en el siglo XIII y siente todo el pasado y presente de Florencia. Su torre es tan audaz, tan esbelta que parece un cuchillo de piedra partiendo el cielo. Vicente Blasco Ibáñez, en 1896, El país del arte (tres meses en Italia) escribe: “No existe una ciudad que en tan pequeño espacio ostente tantos monumentos. Esta plaza de la Señoría es más bien pequeña que grande, y sin embargo tiene más de veinte grupos escultóricos en bronce y mármol, pero de esos que la fama ha hecho populares, y reproducidos en yeso adornan estudios de artistas y salones elegantes.”
El David de Miguel Ángel despertó tanta admiración entre los florentinos que lo colocaron a la entrada del Palacio Vecchio; pero actualmente, el musculoso héroe erguido y desnudo es una copia, y “El Gigante”, el original de 5,17 m. de altura, realizado también en mármol blanco, se exhibe en la Galería de la Academia. Vicente Blasco Ibáñez escribe: “Los Médicis sabían gastar bien su colosal fortuna, y el patriciado florentino consideraba como muestra de la más refinada elegancia proteger a las artes. Por esto en la Galería de Florencia puede estudiarse la historia de la pintura de todo el mundo, con sólo visitarla diariamente cinco o seis horas durante tres o cuatro meses."
David lleva la mano izquierda a la honda, que cae sobre el hombro y la espalda, mientras que el brazo derecho pende verticalmente. La cabeza se mueve también hacia la derecha, ofreciendo el perfil al espectador que mira frontalmente. Una pierna, ligeramente doblada, avanza hacia delante, mientras la otra, tersa, obliga a una ligera comprensión en el torso. Según los versados en historia del arte, Miguel Ángel no se ajusta a la visión tradicional del David. En las representaciones previas de Donatello y Verrocchio, el David han derrotado a Goliat, y ésa es la razón de su arrogancia. Pero el David de Miguel Ángel no está haciendo nada y no hay ningún indicio, salvo la honda, de la narración bíblica, y aún esa honda ni siquiera es fácilmente perceptible. Su triunfo no está motivado, aquí, por acto alguno, sino por su presencia. Con su David Miguel Ángel ha llevado hasta sus últimas consecuencias los rasgos centrales del humanismo renacentista, entendido aquí como apogeo y cima de lo que el ser humano es por ser humano.
David lleva la mano izquierda a la honda, que cae sobre el hombro y la espalda, mientras que el brazo derecho pende verticalmente. La cabeza se mueve también hacia la derecha, ofreciendo el perfil al espectador que mira frontalmente. Una pierna, ligeramente doblada, avanza hacia delante, mientras la otra, tersa, obliga a una ligera comprensión en el torso. Según los versados en historia del arte, Miguel Ángel no se ajusta a la visión tradicional del David. En las representaciones previas de Donatello y Verrocchio, el David han derrotado a Goliat, y ésa es la razón de su arrogancia. Pero el David de Miguel Ángel no está haciendo nada y no hay ningún indicio, salvo la honda, de la narración bíblica, y aún esa honda ni siquiera es fácilmente perceptible. Su triunfo no está motivado, aquí, por acto alguno, sino por su presencia. Con su David Miguel Ángel ha llevado hasta sus últimas consecuencias los rasgos centrales del humanismo renacentista, entendido aquí como apogeo y cima de lo que el ser humano es por ser humano.
Junto al Palacio Vecchio, la viajera observa la estatua de Cosme I de Medici erguido sobre su caballo de bronce, como un dios del Walhalla cantado por Wagner que la tempestad hubiese vomitado entre dos truenos en medio de la plaza de la Señoría. Fue realizada por el escultor manierista que estuvo al servio de los Médicis desde mediados delsiglo XVI: Juan de Bolonia o Giambologna.
A la derecha del Palacio Vecchio, bajo las arcadas de la famosa Logia de la Señoría ve dos leones a los que sólo falta rugir para que el milagro realizado por la escultura griega sea completo, y dos gigantes blancos de Juan de Bolonia.
Hércules y el centauro Neso, o Hércules aplastando al Centauro bajo su poderoso mazo, es una de los dos esculturas.
El rapto de las sabinas, o los atletas de hinchados músculos arrebatando sobre sus hombres a las desnudas sabinas, es el otro gigante del escultor. Según los estudiosos en historia del arte, las notas manieristas en esta escultura son patentes: el alargamiento de las figuras, el gesto desmedido y poco coherente y el espacio angosto crea un movimiento con multitud de perspectivas. No existe un delante y un detrás sino una multiplicidad de puntos de vista, de tal manera que el grupo gira como una espiral. Esta multiplicidad viene impuesta por la misma escultura: el movimiento de las figuras que se retuercen y prolongan en su contraposición no atiende ya a la perspectiva frontal típica del renacimiento, visión estática y serena sustituida, aquí, por un enérgico dinamismo. Giambolongna introduce así una creciente intranquilidad en el espectador que, en relación con las pautas clasicista, puede resultar enigmática. La imagen constituye un problema casi imposible de resolver: dónde termina una figura y empieza otra, cuál es el juego de cortes, paralelismos y contraposiciones, son cosas sobre las que el espectador nunca tomará una decisión definitiva. Si el Barroco crea los medios de expresión propios de la Contrarreforma y el absolutismo, entonces difícilmente pueden contemplarse “El rapto de las sabinas” como manifestación de semejantes propósitos. El Manierismo sería la expresión de un sector social que, resistiéndose a la admisión de los nuevos valores barrocos, no puede olvidar el ya periclitado renacimiento, al tiempo que es lo suficientemente lúcido como para ser consciente de que el renacimiento ha terminado.




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